En el decir de Octavio Paz, “el modernismo fue la respuesta al positivismo, la crítica de la sensibilidad y el corazón -también de los nervios- el empirismo y el cientismo positivista. En este sentido su función histórica fue semejante a la de la reacción romántica en el alba del siglo XIX. El modernismofue nuestro verdadero romanticismo….” (Paz, 1984:128). Esta certera afirmación nos enfrenta a un modo de interpretar un periodo y cómo se constituyen los medios expresivos que lo manifiestan, asimismo, casi deforma inevitable, una perspectiva para comprender un fenómeno que modificó toda nuestra cultura a fines del siglo XIX, con proyecciones insospechadas con respecto a su origen.

Tal manera de comprender (o autocomprenderse), decimos, pone en juego una conciencia crítica y una sensibilidad, donde la posición distanciada nos sitúa no sólo ante el marco temporal de un fenómeno estético, sino que, además, a una imagen de sociedad. Sobre este punto es importante señalar que existe una visión interior de ese momento, manifestada por los creadores que impulsaron el periodo, visión que ya da cuenta de un proceso diferenciador y liberador en sentido amplio, en cuanto implicó soltar y desplazarse de horizonte cultural; en la práctica, asumir como referencia no la inmediata raíz española, sino el nuevo modelo francés.

En un contexto donde se vivía la consolidación de la nacionalidad en muchos países de nuestro continente, la visión interior del modernismo, es decir, la voz de sus propios gestores, asumió una postura y un discurso intencionalmente otro y distinto; por lo mismo, constituyó un modo de alteridad que impactó socialmente, generando de esa manera la idea de un pensamiento y una sensibilidad, asentados en una estética discontinua y a veces caótica, falta de un eje uniformador, asumida de modo consciente si seguimos a Darío, “porque proclamando, como proclamo, una estética acrática, la imposición de un modelo o de un código implicaría una contradicción” (Darío, 1978: 9).

Desde su contrapartida, la visión exterior tensiona aún más la fuerza de esa conciencia crítica y estética, si se piensa que en ese juicio de “acrática” opera una imagen conjetural o especulativa y un desafío para (re)construir ese discurso estético que remite al pensamiento anarquista europeo. Así, mediante situaciones y fenómenos cuya suma nos resulta ajena, definimos la propia identidad literaria: nos vemos, si no literalmente, a lo menos resonando en la amplitud de la (im)pertenencia a una tradición intelectual, que resitúa nuestra autoimagen de cultura. Este hecho casi de metalenguaje fue sospechado en distintos niveles por los modernistas.

Lo que queremos decir, en el fondo, es que si el fenómeno llamado modernismo se constituyó como ruptura y como aprobación de formas literarias y estéticas que fueron vistas como extranjerizantes, esa misma crítica u observación nace desde propuestas de pensamiento cuyo origen, también, proviene desde lo externo o, si se quiere, operan como modelos que diseñan una orientación social y un modelo de sociedad que se discute: el pasado orden hispánico. La consecuencia fue que ese modernismo posibilitó una apertura a la discusión y, tal vez más importante, abrió a nuestros escritores espacios y zonas inexploradas en nuestro idioma y a nuestra geografía, a la vez que universalizó la imagen de nuestro propio continente.